Izcoatl Jiménez Vargas

Sociólogo orgullosamente UNAM. Coach Ontológico por Newfield Consulting. Coach Político por Escuela Europea de Coaching. Tabasqueño y defeño de corazón. Amante del “Infierno Verde” como del Distrito Federal. Feminista, activista, cocinero, bailador, pacifista.

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Una Política amorosa para un mundo amoroso.-


El Amor comienza a hacerse presente en distintas campañas que van desde lo meramente comercial a lo político. Dos casos emblemáticos son la United Colors of Benetton y Andrés Manuel López Obrador con su discurso de la “República Amorosa”. La polémica no tardó en emerger y los cuestionamientos son diversos. El Amor, irónicamente, es un tema que en estos casos divide. Estamos acostumbrados a que éste se circunscriba al plano personal, a la intimidad; lo comercial y menos lo político parecen ser dominios en los que pueda insertarse. Yo difiero de ésta visión y me declaro a favor de hacerlo. Aunque quiero ser preciso en mis argumentos para evitar confusiones. Mi postura es la siguiente.

         El mundo atraviesa hoy por una crisis que se encuentra fundamentalmente en el dominio de la ética. La forma como nos concebimos nos plantea una problemática que se devela en la profunda incapacidad que tenemos de convivir pacífica y amorosamente. Por esto, padecemos una cantidad innecesaria de sufrimiento, que si bien es inevitable en la vida, nos está desbordando y comienza a rasgar todo aquello que nos une. Más allá de nacionalidades, como especie no estamos siendo capaces de construir un mundo mejor de acuerdo a nuestro potencial. Ésta incapacidad se hace más evidente cuando el sentido de nuestras vidas, de nuestros anhelos y de nuestros sueños comienza a desvanecerse, cuando pierde fuerza. La sensación, la emocionalidad generalizada es el hartazgo, el resentimiento, el cansancio. México, como otras partes del mundo, está ubicado ahí. Y en esta posición los cambios se antojan más que difíciles.

         ¿Cómo llegamos a este punto? ¿En qué momento dejamos de creer en nosotros? ¿Qué resultados nos da comportarnos así? ¿Es realmente imposible un nuevo horizonte, un mejor país, un mejor mundo? Los seres humanos tenemos la maravillosa capacidad de reflexionar sobre nuestro actuar y, partiendo de las respuestas, de cambiar nuestras conductas por acciones siempre mejores. Pero parece que se nos olvida. El hartazgo del que hablo se presenta entre los mexicanos, no de manera exclusiva, como desidia por lo político y como apatía que raya en la indolencia para intervenir en una realidad que no nos satisface. Y juzgamos categóricamente que no podemos, que ésta incapacidad es casi innata. Como si nuestra mexicanidad radicara tan sólo en los resultados de un grupo de personas que –si bien toman decisiones que nos impactan- monopolizan eso que llamamos erróneamente política. Digo erróneamente porque la Política no se remite sólo al actuar de partidos y de gobiernos. Es más amplia, más noble y sin duda más efectiva.

         Lo que le pasa a México con la Política es lo que pasa con los niños cuando no quieren ser vistos: se tapan los ojos pensando que desaparecen cuando en realidad el mundo sigue ahí, mirándolos. El dejar de ver noticias, rehuir de los asuntos públicos, el desencantamiento de las instituciones, la falta de credibilidad en la posibilidad del cambio es muestra de ello. Sin embargo, los problemas del país siguen ahí aún cuando desviemos la mirada. Siguen impactándonos, dañándonos, lastimando todo aquello que queremos proteger y que dejamos vulnerable por actuar (o dejando de hacerlo) como actuamos.

         Esto se hace claro en las conversaciones que tenemos entre nosotros. El común denominador es la queja, que no es lo mismo que el reclamo. El reclamo consiste en la revisión de los resultados que tenemos y las acciones que nos llevaron a ello. Y aún más allá. Vuelve la mirada y la reflexión hacia el tipo de observador que somos y cómo nos planteamos los problemas. Este punto es clave. La queja se enfoca en la incompetencia de los políticos y el sistema; el reclamo voltea hacia nosotros y pasa por el reconocimiento de nuestra propia responsabilidad. El que este reclamo se articule es condición sine qua non para una acción distinta. Aquí es donde tiene cabida el Amor en la Política, porque apunta a reincorporar la humanidad que nuestra mexicanidad reclama, que pide, que necesita.

         Seré muy claro aquí. Hablo de un Amor que no apela a la cursilería ni es únicamente romántico, tampoco de uno que es posesivo y exige la incondicionalidad a quien lo profesa y que por ese mismo carácter se vuelve excluyente. El Amor en la Política y en México debe perfilarse y concretarse no como una utopía sino como una postura profundamente ética. Amar, en su sentido más amplio y trascendente, es defender la diversidad, abrirse al diálogo, reconocer la diferencia, moderar los egos, modelar la paz, sublimar nuestra humanidad. Es entender que en ese “nos-otros” ese otro es el extraño anónimo que soy yo mismo. Es aprender que ver la otredad de forma parcial nos lleva a juzgarla como mala, como retrógrada y hasta peligrosa; es aprender a verla con una mirada más amplia que nos permite reconocer la coincidencia, el sueño compartido.

         Vernos con Amor y redescubrir la Política (ambas intencionalmente con mayúsculas) con ésta misma mirada nos invita a ocuparnos por el otro. Invita a la corresponsabilidad en la construcción de un México mejor. Inspira para que juntos co-creemos un país de y para todos sin importar el espacio donde decidamos ejercer nuestra acción. Es aceptar el desafío de transformar, emprendiendo, nuestro mundo; también de transformar, aprendiendo, el nosotros que somos. Porque somos parte y somos todo. Creo firmemente en esto y es por ello que creo en una Política plenamente amorosa para un mundo y un México amoroso. El país de paz y pleno que queremos es posible. Para ello es necesario que recuperemos el Amor y el Respeto que como mexicanos y como seres humanos alguna vez perdimos. No tengo la menor duda de que es absolutamente posible. Sólo falta atreverse.

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